The Black Keys: viejas teclas de un piano futurista

The Black Keys(Foto: Jordan Strauss/Getty Images for Bethesda Softworks)

La definitiva explosión del éxito masivo de The Black Keys ha colocado al grupo en una posición ambigua que invita a reflexionar sobre su evolución estilística y estrategias comerciales 
(Foto: Jordan Strauss/Getty Images)

Texto: JOSE MARTÍN

Posiblemente, la forma en la que personalizamos nuestros gustos musicales reduce en ocasiones nuestra visión de conjunto. A diferencia de lo que sucede en el caso del cine o la literatura, muchos de nosotros utilizamos de forma inconsciente la música que escuchamos como parte de la explicación de nuestra propia personalidad. Así, solemos juzgar propuestas musicales y tendencias genéricas de todo tipo según se ajusten éstas, no solamente a lo que nos gusta, sino también a lo que nos gusta que nos guste. El discurso de los géneros musicales ha penetrado tanto en el subconsciente del oyente que incluso legamos a desestimar la atención sobre un músico o banda concreta en base al circuito comercial al que pertenezca (algo que no sucede tanto en el caso de los géneros cinematográficos por ejemplo).

Sin embargo, esta rigidez genérica que muchos aficionados a la música nos autoimponemos en mayor o menor medida (erróneamente desde mi punto de vista),  pierde solidez vista desde la orilla de la gran industria musical y filtrada a través de el visor de las modas y a la actividad industrial que éstas suelen traer consigo. Muchas veces, fenómenos de carácter local se convierten en auténticas revoluciones musicales en las cuáles la industria hace su negocio (pienso por ejemplo en modas musicales recientes como el hiriente “Gangnam Style” del coreano PSY). Ocurre otras veces que un artista consolidado bajo el arco protector de un género musical concreto (esto es, con su público potencial y circuito comercial establecido), obtiene un éxito tal fuera del mismo que llega incluso a plantear un debate sobre el carácter y sentido de  su propuesta musical inicial.Ejemplos históricos podrían ser la firma de The Clash con la multinacional CBS en 1977, cuando gran parte del séquito de seguidores de la banda se sintieron defraudados por una decisión que llevó a importantes críticos musicales asociados al movimiento como Mark Perry a proclamar la muerte definitiva del punk tal y como se concibió en el momento de su aparición. No obstante, no deja de ser paradójico el hecho de que de este acuerdo empresarial surgiera un disco considerado como auténtico manual no solo del punk británico sino también del rock combativo moderno como es el caso del álbum The Clash (CBS, 1977).

El panorama musical actual, dominado por una industria que por sentirse amenazada es capaz hoy de vender burros por aviones e incluso de contradecirse en cuanto a su discurso comercial anterior (el caso de la vuelta a la edición en vinilo reivindicando una calidad que en el momento de la aparición del CD se encargaron de rebajar), presenta sin duda algunos casos que, habiéndose convertido en fenómenos comerciales plantean un debate sobre la importancia y flexibilidad de los antiguos géneros musicales sobre los que se sustenta la música popular moderna. El gran éxito acaparado en los últimos cinco años por el dúo de Akron, Ohio, The Black Keys, supone una muestra del fenómeno que nos ocupa. Se trata de una banda que comenzó a construir su imagen y legado musical en forma de homenaje y revisión de un género, el blues, tradicionalmente alejado de la gran industria desde hacía décadas. Sin embargo, el afán de exploración de sus miembros, unido a una eficiente explotación de los derechos de autor de sus temas más conocidos, han hecho que The Black Keys pasen de tocar frente a apenas unos cientos de personas en pequeños clubs de blues a agotar las entradas en el Madison Square Garden de Nueva York en tan solo quince minutos.

Aunque bien es cierto que el caso de The Black Keys y el giro musical presente en su carrera desde la publicación de su quinto álbum Attack & Release (Nonesuch, 2008) suelen ser objeto de debate entre muchos aficionados al rock y al blues americano, también lo es que resulta muy difícil dictaminar si los cambios que ha vivido la banda en su viaje hacia el éxito comercial han supuesto o no, una traición a los postulados que la banda defendía musicalmente a principios de la década pasada.

Muy difícilmente, Dan Auerbach (guitarra y voz principal), antiguo capitán del equipo de futbol del instituto Firestone High School, podría haber imaginado en 2001 la productividad que su asociación musical con el introvertido alumno Patrick Carney (batería y voz) le iba a reportar en poco más de diez años. La pasión que ambos compartían por el blues y el rock & roll clásico les llevó a compartir horas y horas tocando en el sótano de Carney sin que ninguno de sus amigos decidiera dejar por un momento de fumar hierba y jugar a la consola para unirse al proyecto (tal y como Auerbach ha llegado a afirmar en alguna entrevista). Convertidos casi por necesidad en un dúo (guitarra y batería) la banda comenzó a grabar sus temas y versiones de conocidos blues gracias al grabador analógico de ocho pistas propiedad de Carney. Solo un pequeño sello independiente de Los Angeles, Alive, se lanzó a producir el primer álbum de la banda tras escuchar sus primeras maquetas.

noms en el sótano

Dan Auerbach y Patrick Carney en el viejo local de ensayo donde incubaron The Big Come Up (Alive, 2002)

De esta forma, The Big Come Up, grabado en lo-fi en el sótano de ensayo, veía la luz en 2002. El álbum, que combinaba ocho temas originales y cinco versiones de grandes del blues americano como R. L. Burnside (“Busted“/”Skinny Woman“) y Junior Kimbrough (“Do the Rump“), sorprendió por su energía, crudeza y capacidad para sonar actual sin traicionar las raíces del género del que la banda bebía. Durante un tiempo, The Black Keys se convirtieron en esa otra banda que había que escuchar si te hacía gracia el rollo de los White Stripes. Al disco debut le siguieron la firma con Fat Possum Records y la publicación de auténticas joyas del blues rock contemporáneo como Thickfreakness (2003) y Rubber Factory (2004), grabados también de forma artesanal y con un sonido crudo y potente que consiguió poner de acuerdo en su excelencia a la mayor parte de la crítica y los aficionados al blues y rock americano de raíz.

Con la banda convertida en un fenómeno de género, la firma de un contrato con Nonesuch Records (asociada a Warner Music Group y auténtico referente de la música folk estadounidense), llevó al alumbramiento del álbum Magic Potion (2006), cuarto trabajo de la banda y su último disco dedicado en su totalidad al blues de corte clásico. Más allá del éxito de crítica de Magic Potion, este momento en la carrera de The Black Keys viene determinado por la decisión de la banda de explotar comercialmente los derechos de autor de sus temas, muchos de los cuáles comienzan en este momento a aparecer en campañas publicitarias de marcas como Sony o Nissan, y también en videojuegos (Nascar 09) y series de televisión como la canadiense The Bridge (CBS, 2010). De este modo, la banda abrió su publicó algo más allá de los circuitos del blues y el rock de su país para empezar a llegar a diferentes tipos de oyente.

Siguiendo esta senda aperturista, en 2008 The Black Keys firmaron con el productor musical Danger Mouse la asociación que iba a marcar su futuro artístico. En ese mismo año salía al mercado el álbum Attack & Release (Nonesuch), auténtico punto de inflexión en la carrera de los de Akron. La mano del productor Mouse desligó por primera vez el sonido de la banda de las grabaciones caseras para ponerlo en común con una instrumentación más heterogénea y en ocasiones cercana a psicodelia. Attack & Release, cosechó un éxito enorme. The Black Keys pasaron a ser una banda muy conocida gracias a su inserción en muchas listas de lo mejor de año en publicaciones como Rolling Stone, y este quinto trabajo es considerado aún hoy por muchos su obra cumbre.

Además, la explotación de  las licencias de sus canciones se vio potenciada por el éxito, por lo que marcas comerciales como Victoria’s Secret entre muchas otras se valieron de la energía y los riffs pegadizos de la banda para sus campañas. Sin duda, el nuevo rumbo musical que Attack & Release propuso terminó por generar las primeras divisiones en el núcleo duro de seguidores de la banda, quiénes se habían enganchado a The Black Keys por tener en la crudeza de la simple ecuación guitarras-bateria-voz sus señas de identidad. La mayor artificiosidad de los temas, (muchos de los cuáles seguían sin embargo partiendo de las claves del blues) unida a la mayor presencia mediática de la banda, fueron interpretadas por algunos como la salida definitiva de The Black Keys del circuito blues para pasar a formar parte de la gran industria musical norteamericana.

Dos años más tarde, y después de haber girado por todo el mundo gracias al éxito de su anterior álbum, The Black Keys lanzan el disco que les ha convertido en lo que hoy son. Se trata de Brothers (Nonesuch, 2010) grabado en los legendarios Muscle Shoals Sound Studio de Alabama y producido por Mark Neill, un trabajo por el que la banda resultaría galardonada con tres premios Grammy. El álbum seguía parcialmente la senda iniciada con Attack & Release, aunque los temas aquí se antojaban más oscuros, lentos y en ocasiones cercanos al pop. La única canción del disco producida por Danger Mouse, “Tighten Up”, fue presentada como el primer single del mismo cosechando un éxito casi instantáneo dentro y fuera de los circuitos del rock (incluso llegó a aparecer en la banda sonora de videojuegos muy populares como Fifa 11). Visto desde la distancia Brothers es indudablemente un disco complejo. Su sonido presenta un sistema referencial que va desde el blues clásico (la banda nunca ha dejado de incluir escalas pentatónicas en sus creaciones), hasta el pop-rock de los ochenta y el soul-funk de los sesenta y setenta.

Definitivamente, el éxito de Brothers llevó al dúo al estrellato. Sus conciertos, para los cuáles hoy cuentan con hasta tres músicos de apoyo, son hoy eventos multitudinarios en grandes estadios o pabellones. De repente, una banda que solía sonar en pequeños bares de rock, blues, etc., comenzó a colocar sus canciones en discotecas centradas en otros estilos musicales. Personalmente, no puedo negar lo extraña que resultaba la sensación de escuchar al temas de este álbum como “Howling For You” sonando en discotecas después de artistas como Pitbull o Rihanna. Más extraño aún, resultaba intentar argumentar frente a amigos enganchados a la banda desde Brothers la forma en la que personalmente entiendo a The Black Keys como una banda que, partiendo del blues, parece haberse dado a la experimentación evolutiva de este género en sus últimos trabajos.

A todo esto, el grupo lanza al mercado su séptimo álbum, El Camino (Nonesuch, 2012), cuyo primer single, “Lonely Boy”, se convierte rápidamente en una de esas canciones que por un tiempo son imposibles de evitar en cualquier local de copas, emisora de radio, cadena de televisión, etc. El éxito que ha tenido este disco ha convertido definitivamente al dúo en un fenómeno de masas. Gran parte de sus seguidores combinan ahora sus canciones en sus reproductores de MP3 con las de grupos superventas como Coldplay y Muse, y sus raíces blues son para muchos la gran etapa desconocida de una de las nuevas bandas del momento (llama la atención como algunos conocidos se sorprenden por el número de discos grabados por los de Akron hasta la fecha). Por otra parte, algunos de los que se engancharon a The Black Keys con trabajos como Magic Potion en 2006, han dejado hoy de prestar atención a sus nuevas propuestas por considerarlas puestas al servicio del gran negocio de la música pop a nivel mundial.

Una vez repasada de manera resumida la trayectoria que llevó a The Black Keys del local de Carney al Madison Square Garden, lo interesante desde mi punto de vista es, a través del análisis de sus últimos trabajos, intentar dilucidar cuáles han sido los pactos y las rupturas del sonido del grupo respecto a su propuesta de blues incial. Bajo mi punto de vista, The Black Keys siguen sonando a blues. Quizá se trate de algo que solo ven aquellos oyentes que conocen las raíces del grupo y quizá sus nuevas canciones hagan más concesiones a aspectos como la artificiosidad y ornamentación pop pero sin duda, cuando uno escucha temas como “Unknown brother” o “Little Black Submarines” resulta imposible no reconocer en ellas los postulados musicales que pusieron en marcha el proyecto.

Si hacemos caso a las auto-imposiciones de género que comentábamos al principio del texto, The Black Keys son hoy una banda que puede gustar a cualquier aficionado a la música pop en general. ¿Les habrá costado esto la pérdida de sus seguidores amantes del blues y el rock? En el caso de ser cierto, ¿se corresponde esta pérdida con un cambio de sonido realmente pronunciado, o con un cambio de estrategia comercial por parte de la discográfica que tiene a la banda en nómina? ¿Es el éxito de este grupo una muestra de la vigencia y las posibilidades económicas de la experimentación sobre los géneros intocables y comúnmente ajenos a la industria mainstream como el blues? El debate queda abierto. Pasen, escuchen y, si se me permite la recomendación, intenten juzgar al final del proceso.

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